Aldeas olvidadas


Fue muy emocionante volver a visitar las aldeas de los alrededores de A Fonsagrada. Sobretodo la aldea en dónde yo nací hace bastantes años Xegunde. Tras más de cinco años sin volver y quizás porque era invierno, me pareció muy diferente a la aldea que yo recordaba. Estaba desierta, no vi gente a penas. Me comentaron que ahora ya no viven en las aldeas. Sólo unos pocos bajan los fines de semana desde la ciudad o el pueblo más cercano.



Eché a faltar las vacas en los prados. Ya no hay vacas, hay mucha maleza pero aún así está todo precioso. Se nota que ha llovido mucho. Todo se ve verde con diferentes tonalidades del color, pero sin vacas. Aún recuerdo las mías: romera, gallarda, marela, galinda y también ...el burro, que cuando conseguía subirme encima, agachaba la cabeza para tirarme al suelo y ¡ala!, vuelta a empezar. Subía, agachaba la cabeza y yo al suelo. Así una y otra vez hasta que me cansaba.

Dentro de éste árbol me escondía yo cuando era pequeña. ¡Me encantaba!




Me embargó la melancolía al recorrer los lugares que recordaba de pequeña y verlos tan solitarios. Me alejé por los caminos para hacer una fotos y observé que ya muy pocas casas son de piedra vista con su huerto de berzas y su hórreo. La mayoría son de cemento pintadas en blanco o en otros colores, con ventanas de aluminio y sin conservar para nada la arquitectura tradicional. Los tiempos cambian y supongo que los que tienen que vivir allí deben adaptarse en mejores condiciones.




Los hórreos por esta zona son diferentes a los de la costa. Son como los de León. El edificio de madera se sostiene sobre cuatro pies de piedra con una muela en cada uno (piedra redonda). El techo es de piedra aunque algunos son de paja con forma cónica. La utilidad es la misma en cada región: guardar grano, maíz y otros alimentos.

As pitas (gallinas) aún pasean con libertad por los caminos. Son las reinas. Nadie se mete con ellas, excepto para preparar los manjares en las fiestas.




A Fonsagrada
Nos hospedamos en el hotel a Fonte Sacra ya que solamente pensábamos pasar un par de días y no queríamos molestar a la familia. El hotel es poco o nada recomendable. Cuatro estrellas con la calidad de tres y precio de cuatro. Habitaciones muy sobrias, nevera de la habitación sin contenido, bombillas fundidas en las lámparas, desayuno como el de cualquier pensión normal y no el que debería corresponder a un hotel de esta categoría y por si fuera poco, no había ni un solo cartel en gallego. Todo en castellano. Decepcionante.

No comimos allí ni tampoco disfrutamos de las termas ni masajes que tanto promocionan. Sin embargo, dimos buena cuenta del excelente pulpo da pulperia o candal y de unas excelentes zamburiñas con setas y un buen plato de caldo gallego no restaurante o Cantábrico. Un restaurante de montaña con gran variedad de platos y una excelente relación calidad precio.







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